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lunes, 2 de marzo de 2015

SIMULACRO GIPEC ONG IAE



Podéis ver un vídeo sobre las intervenciones realizadas en: https://www.youtube.com/watch?v=0qqOmX9KDHk



El próximo domingo, 8 de marzo, el GIPEC y la ONG IAE (con la colaboración de la COMGEMEL) ponemos en marcha un simulacro en las instalaciones del Cuartel de Santiago.
Este cuartel está junto al Colegio La Salle y se entra por la puerta que hay en la intersección de la calle General Castaño y la Carretera de Cabrerizas.
Los interesados en participar deben de haberlo solicitado antes del día 4 mandando su nombre, DNI y contestando al cuestionario de estímulos fóbicos que se mandó por correo a las entidades que colaboran.
Aunque se asiste como público, algunos podrán participar como afectados o ayudando en las labores.
 
El simulacro contempla una situación en la que un edificio se ha derrumbado y es necesario rescatar a algunos afectados que bien estarán bajo tierra o bien deberán bajar de una altura. También se trabajará con los familiares de estos afectados (ilesos, heridos o fallecidos). Durante el mismo se realizarán rescates, traslados y primeros auxilios.

El simulacro tiene un doble objetivo: Poner en práctica las técnicas y conocimiento de los técnicos y profesionales de las Organizaciones implicadas , por otro lado, dar a conocer el trabajo de estas entidades y las conductas que se deben de tener como ciudadanos en los casos de emergencias y catástrofes.

Todos los asistentes lo hacen voluntariamente, eximiendo a las organizaciones organizadoras de cualquier responsabilidad.





martes, 24 de febrero de 2015

El YO que queda fuera de mi. Final de la trilogía.


 Hace no mucho tiempo escribí “¿Somos nosotros?”. En él preguntaba, sin responder, por la esencia de lo que llamamos YO. Poco después escribí “Nuestro último dilema” donde reflexionaba sobre el sentido de nuestra vida. Pero poco después me di cuenta que con estos dos artículos se quedaba incompleto el mensaje, la tarea.
De pronto, como suele ocurrir muchas veces, comprendí que había una parte del YO que, por su tamaño en significado y extensión, está fuera, paradójicamente, del YO. Se encuentra más allá, en la memoria de los que pasaron por nuestra vida y que, sin saberlo, nos modelaron, nos convirtieron en lo que somos, cambiaron nuestro camino como una molécula cambia la de otra al chocar entre si o como un planeta cambia su trayectoria al pasar cerca de otro influido por su gravedad.
Somos lo que nuestros seres queridos recuerdan que somos, somos lo que otros dejaron que fuéramos. Me refiero, como no, a nuestros familiares, pero, sobre todo a aquellos que el azar puso en nuestro camino.
Me refiero a todos, pero sobretodo a aquellos que pasaron por nuestra vida en ese tramo que llamamos infancia y adolescencia.
Me refiero a aquella niña a la que quise en silencio, a la que ofrecí mi amor platónico y que nunca supo que era la razón por la que iba al colegio o al instituto con una sonrisa, a aquella otra a la que di mi primer beso o a la que me partió el corazón. Es aquel amigo con el que me peleaba rutinariamente por importantísimos y trascendentales asuntos pueriles o aquel que nos “traicionó” echándose novia (años después nosotros mismos traicionamos a otros). Es aquel profesor… MAESTRO que se convirtió en nuestro referente. Es aquel amigo que nos enseñó a bucear o que nos ayudó con los estudios. Aquel que se peleó con otro niño más grande para defendernos  o aquel por el que nos peleamos nosotros. Aquel otro que un día dejamos de ver porque su familia tuvo que marcharse de la ciudad buscando trabajo o que él mismo se marchó a la universidad.
¿Qué habrá sido de ellos?, a estas alturas de la vida, muchos, sin que lo sepamos, nos dejaron ya.

Miro algunas fotos de color casi perdido y me pregunto cómo se llamaba aquel joven que me devuelve la mirada o aquella chica con la que compartí pupitre.

Mi YO, en parte es lo que ellos me dejaron o me obligaron a ser y, en parte, lo que ellos recuerdan de mi y quiero pensar que ellos también son lo que yo recuerdo. Si yo soy mi memoria y ellos están en ella, ellos soy yo.
Somos tanto nuestros seres queridos que cuando se nos mueren lo hacen como cuando se caen los pétalos de una flor, como prueba inequívoca que con ellos, también morimos un poco nosotros.


Dedicado a Jose Rubio, a Diego Villalta, a Paco ”el Pollo”, a Pitri, Alejandro, Hasan, a Pepi y Paloma, a Emilia Montoya, a Olga Garrido, a Antonio Blanco (al que reencontré muchos años después) a Pepe Blesa, a José Rey (al que robé la chica que le gustaba), a Mimón (con el que competía por sacar la mejor nota), a D. Manuel (que me enseñó matemáticas y a medio cantar en el coro), a la chica que nunca saqué a bailar, a D. Jose María Antón (que me enseñó a medio escribir) y a Ángel Granda (que casi consigue que me hiciera biólogo) a Salvi (amigo y primo que se peleó con un niño mayor por defenderme), a todos esos jóvenes rostros que desfilan en mi mente y de los que no recuerdo sus nombres y a los amigos que ya he olvidado.

sábado, 31 de enero de 2015

Nuestro dilema final

Estaba a punto de morir, lo sabía. Tumbado sobre el terreno, como había quedado tras el derrumbe del edificio, se centró en aquel cielo nítido, lleno de sol, para olvidar el dolor que sentía en la zona baja de su pecho. Sabía que aquel fluido cálido que detectaba sobre su brazo y mano era su propia sangre. Se sentía cansado.
No podía culpar a nadie de aquello, él había decidido entrar en aquel piso para salvar a sus habitantes. Los policías que acordonaban la zona le habían explicado lo peligroso que era entrar en aquel edificio que se derrumbaba por momentos. Pero él se dijo a sí mismo que hasta entonces había vivido de acuerdo a unos valores y no era momento de dejarlos. Realmente había sido así. Su padre solía decir que era fácil tener valores, que lo difícil era vivir de acuerdo a ellos y él, siendo un adolescente, se propuso ser honrado y altruista. Ello le llevó a elegir su profesión y a darlo todo a pesar de riesgos y enemistades. También le había valido reconocimiento en forma de admiración por parte de sus compañeros y en forma de medalla, tras salvar a varias personas de un incendio poniendo en alto riesgo su vida. Había salido en la portada de una revista de tirada nacional y en varias entrevistas en informativos televisivos. Por la calle la gente lo saludaba reconociéndolo y algunos se acercaban para hacerse un selfie. Sabía que cuando muriese, la gente lo recordaría, quizás aquel sacrificio final le valdría el nombre de una calle o la creación de una Fundación. Los padres lo pondrían como ejemplo a sus hijos. 
Así que tras escuchar los consejos, casi órdenes de la policía, se internó en el edificio.
Ahora, mientras se le escapaba la vida y pensaba la de proyectos que le quedaban por hacer, se preguntó si había valido la pena. Si el honor valía una vida o si lo más importante era eso: vivir. Finalmente se decantó por esta última afirmación. Sentía que le dolía pensarlo, pero tan cerca del final se llamó estúpido por haber entrado en aquel edificio, por amor propio, por cuestión de honor, por amor al prójimo.
¡Lo que daría por un día más de vida!
Cerró los ojos. De repente, el aire enrarecido que respiraba cambió por otro más fresco y limpio. Dejó de sentir dolor, pensó que ya había muerto.
Abrió los ojos y se encontró frente a un policía que le decía que entrar en aquel lugar era una locura.
No lo entendía.
Desde detrás, una mano agarró su brazo y tiró de él. Era uno de sus compañeros.
-Déjalo para los héroes- le aconsejó- Hagamos lo de siempre: preocuparnos por nuestra seguridad primero.
No lo entendía.
Pero decidió no entrar, permanecer fuera del peligro… como había hecho siempre.
En ese momento gran parte del edificio se vino abajo. Suspiró con alivio y se alegró de no haber hecho lo que había ¿soñado?
Al terminar el turno, volvió andando a casa. Le extrañó que nadie se le acercara, pero entonces se dio cuenta que él no era nadie, aunque había soñado que era un héroe. Suspiró, sonrió y se dispuso a vivir un día más. Salió a cenar con su mujer, después fueron a tomar unas copas y, al volver a casa, hizo el amor de una forma tan apasionada que a su mujer se le escapó una pequeña carcajada de asombro.
Por la mañana se levantó temprano. DISFRUTÓ de un contundente desayuno y salió a pasear. Pensó en ponerse las zapatillas de deporte, pero hacía tanto tiempo que no corría que la idea le pareció absurda.
Pasó el día realizando tareas que había ido posponiendo.
Al caer la tarde recordó que el día anterior, a esa hora había estado a punto de entrar en un edificio que colapsó acto seguido y en el que hubiese muerto como había soñado/pensado/imaginado.
De repente, se encontró en un lugar extrañamente desconocido.
No lo entendía. Y, entonces, lo entendió todo. Había cambiado sus valores y sus logros por un día más de vida… y ese día había expirado, como su vida, hacía unos instantes.
Había muerto y ya nadie lo recordaría, al menos, más haya del recuerdo de los seres más próximos. No había dejado huella alguna. Intentó recordar un momento por el que se sintiera orgulloso y no encontró ninguno. No había hecho nada que mereciese la pena. Ni siquiera había vivido de acuerdo a sus principios a los que había renunciado por interés, cobardía o simple desgana.
Tragó saliva y le pareció amarga. Se avergonzó de si mismo.
Una lágrima se escapó de sus ojos y mientras recorría sus mejillas se juró que hubiese cambiado media vida por un instante de gloria.

En el instante de morir cambiaríamos nuestros momentos de gloria que han dado sentido a nuestra existencia por un minuto más de vida, pero al acabar ese minuto, nos arrepentiríamos de haber cambiado el sentido de nuestra vida por un minuto anodino, por haber cambiado un minuto más por una vida que haya merecido vivir.
Ese es el dilema en el que nos movemos, mientras no seamos capaces de vencer la muerte: aferrarnos a la vida renunciado a lo demás o morir por un principio.


martes, 27 de enero de 2015

ESSENTIA


ESENCIA. Aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas.

En los intervalos de consciencia que tenía, se mezclaban el dolor difuso, punzante pero lejano, casi externo gracias al cóctel de analgésicos que le corría por las venas desde el gotero que le habían colocado cuando aún estaba en el coche aprisionado.
Sabía, por el sonido de las sirenas, que iba en una ambulancia. Tenía retazos de recuerdos de una carretera, de una pérdida de control del volante, de una parada brusca y dolorosa contra un árbol. Eran imágenes incontrolables que aparecían súbitamente e igualmente se iban.
Apenas podía abrir sus ojos. Los sanitarios que lo acompañaban se movían con rapidez por el escaso espacio de la ambulancia. Gasas, agujas, sueros, ... y sangre, mucha sangre. Absurdamente se preguntó si sería suya.
Cuando a Andrés, el cirujano plástico, lo llamaron para que acudiese urgentemente a quirófano, no se imaginaba que se encontraría con un amasijo de carne en lugar de cara producto de un choque frontal del coche del paciente. Nadie conocía a la víctima y no tenía documentación, así que la reconstrucción fue totalmente creativa. El cirujano no contaba con un modelo en el que basarse. 
Semanas después,  Cuando a Séneca Carrión (así afirmó llamarse el paciente) le retiraron las vendas y se enfrentó al espejo, preguntó: ¿Quién es esa persona? Se hizo un silencio en la habitación que nadie se atrevía a romper. El cirujano se preguntó si esa persona seguía siendo el paciente que tuvo un accidente. 
En un intento de contestarse a él mismo se dirigió a Séneca.
-Recuerde esta fecha-pidió- 27 de febrero de 2015. Es su segunda fecha de nacimiento. Se ha salvado de una muerte segura y estrena rostro. Véalo así.
.......................
Su cuerpo se degradaba con rapidez, pero hacía tiempo que los trasplantes de cerebro eran posibles, desde que en el 2025 se consiguiera por primera vez, así que no dudó en solicitarlo. Ya hacía años que vivía con una cara que no era la suya y que, además, había envejecido. Ahora gozaría de un cuerpo y de un rostro nuevos.
-De unos 30 años- le había asegurado los cirujanos de la clínica.
La intervención fue larga, aunque sin complicaciones y, prácticamente, cuando pasó la anestesia pudo observarse. Debería permanecer en reposo hasta que las conexiones neuronales espinales consolidaran, pero le llevaron un espejo de cuerpo entero y pudo verse tendido en la cama.
Vio un cuerpo al que no reconoció. Echó de menos su antiguo rostro. Su experiencia, su memoria, chocaba con aquella musculatura, con aquella piel sin pliegues, con aquellos huesos sin dolores.
Pero lo peor fue la sensación de extrañeza, de experimentar que lo que estaba viendo no era él.

Afortunadamente 5 años antes su seguro médico, en el que tenía una póliza de “eternabilidad”, le había instalado un MEMOTRANF, un chip que trasfería su memoria a tiempo real a un superordenador central. Afortunadamente porque en su último accidente de coche, un BMW Astro del 2112 de hidrógeno concentrado, su cerebro había quedado, según uno de los sanitarios de la ambulancia “hecho puré”.
Rápidamente el centro ETERNICAL comenzó con la transferencia de datos a un HOMO de repuesto, nombre con el que se conocía popularmente a los “cuerpos”. Clones que permanecían en hibernación y en los que se volcaba el almacén de memoria de personas como Séneca que contaban con una póliza de “eternabilidad”.
La transferencia se realizó en breves minutos y comprendía todos los recuerdos del asegurado salvo los instantes traumáticos de su muerte.
Una vez terminado, los médicos/ingenieros “encendieron” el sistema biológico y el NOVO-HOMO (como se denominaba al repuesto una vez activado) abrió los ojos. Se miró al espejo, movió las manos, se levantó.
-Esplendido- exclamó- Aunque tendré que adoptarme a este rostro.

El calendario-holograma que reposaba sobre su escritorio cambió la fecha 21 de febrero de 2315.
Aún no se había sentado en su sillón cuando recibió un mensaje en el receptor incorporado en su oído interno.
-Señor, tenemos un problema- anunció la voz de uno de los empleados que mantenía la MEGAMEMORIA CENTRAL, el ordenador que contenía y actualizaba a tiempo real la memoria de los abonados a su servicio- Acabamos de recibir un aviso para la transferencia de la memoria del abonado PX-2087.
El supervisor no comprendió.
-¿Y dónde está el problema?-
El empleado carraspeó, como si le costase dejar escapar la respuesta.
- Verá, últimamente hemos detectado pérdidas de algunos fragmentos de memoria en algunas bases. Ello no tiene importancia porque se vuelven a rellenar obteniéndolos la propia de memoria del cerebro biológico del abonado…-hizo una pausa- El problema en este caso es que esta pérdida se produjo justo antes del accidente. Una explosión y no hemos podido recuperar el material perdido.
Hubo un silencio.
-Rellena-
-¿Qué?-
-Rellena con fragmentos lógicos los vacios que se hayan producido o con material de otro abonado.
-Pero…-
-Rellena-
Como de costumbre el volcado de memoria en el Homo de Repuesto tardó escasos minutos. Cuando NOVO-HOMO salió de las instalaciones de MEMOTRANF, repasó sus recuerdos con la total certeza de que correspondían a lo que le había pasado a lo largo de su vida. A pesar de que, como anteriormente no terminaba de reconocer su nuevo aspecto, de lo que no le cabía duda era de que él era la persona que “había dentro”.

El supervisor escuchó el sonido que su interfono implantado hacía como aviso de la entrada de una llamada. Mentalmente dio la orden de “descolgar” (aceptar llamada) y saludó.
-Supervisor- dijo una voz al otro lado- Soy el ministro de seguridad.
-Señor Ministro- saludó el supervisor.
- Vamos a mandar un paquete de memoria para que vuelquen en el caso MS-0183.
-Pero Señor Ministro…- Protestó.
- No hay peros, se trata de seguridad nacional.
- Si, pero se trata de introducir recuerdos que no pertenecen a ese sujeto.
- ¿Y quién le dice que los que Ud. tiene lo son?

El supervisor recordó cuando un cirujano, en el año 2015 le había reconstruido su cara y se preguntó cuándo había dejado de ser él.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Cambiemos el lenguaje para cambiar la sociedad.


El “pequeño Nicolás” ha pedido que no se le de este apelativo, que se le llame Francisco Nicolás Gómez Iglesias… y debemos hacerlo. Debemos hacerlo porque debemos tratarlo como tal, es decir, como un sujeto mayor de edad con responsabilidad de sus actos, cuyas acciones no son una travesura, sino una estafa, posiblemente argüida desde una psicopatología, a no ser que se demuestre lo contrario. Tenemos que llamarlo Francisco Nicolás y dejar de calificarlo de “listo”. Llevamos muchos años admirando a personajes similares como Dionisio Rodríguez, Mario Conde, los aprovechados de Marbella o los de tantos casos de corrupción política de los que decíamos “estos sí que saben” y lo decimos delante de nuestros hijos, de la juventud que entiende que son modelos a seguir.
Esperamos a Messi en la puerta de un juzgado, pero no para exigirle que pague lo que debe a Hacienda, es decir, a nosotros, sino para vitorearlo por su vertiente deportiva. Reconozco que Messi es un deportista de un nivel difícil de alcanzar, que es digno de elogio en el campo de fútbol, pero ”lo cortés no quita lo valiente” y fuera de ese campo la verdad es que ha intentado estar por encima de la ley. Y eso hay que hacerle ver que no estamos dispuesto a permitirlo.
Estos años también se nos ha llenado la boca criticando a los políticos corruptos (pero votándolos en las urnas) y preguntándonos cómo se había llegado a tal extremo. Pero durante estos años nadie se ha levantado y ha dicho “se ha llegado a esto por mi culpa”. Por mirar hacia otro lado, por permitir esos pequeños hurtos, por dejar que no nos hicieran facturas, porque en una democracia NOSOTROS, todos, somos más culpables que los propios estafadores/aprovechados/ninguneantes…, porque lo hemos permitido, porque nos hemos refugiado en “no es cosa mía” o “si aquí todo el que puede roba” y hemos clasificado a los delincuente de listos  y los hemos invitado a platós televisivos donde cantaban, contaban anécdotas o presentaban su libro… sin sentir ni un ápice de vergüenza.
Hemos reído la gracia y, después hemos culpado a la política o  a la justicia, de los desmanes. Pero no son los políticos los que construyen un país, es el pueblo y sólo en la medida en que esos políticos son parte del pueblo, ayudarán en esta labor.
Es el pueblo el que exigirá a los gobernantes que realicen su labor, que lo hagan eficientemente y que lo hagan honestamente, dando ejemplo.
Es el pueblo el que, ante la falta de principio, será más honrado, más responsable, sin preguntarse si los otros lo son. Es el pueblo el que pensará que sus valores, su conducta servirá para mejorar al resto. JFK dijo que al pueblo americano que no preguntara lo que su país podía hacer por ellos, sino lo que ellos podían hacer por su país. Porque realmente, no es el pueblo el que levanta una nación, eres tú.

Empecemos a llamar a las cosas por su nombre. El ladrón es eso y si a ese sustantivo le añadimos un DES-calificativo, para que, en vez de ser un modelo, sea un desprecio, mejor.   

jueves, 25 de septiembre de 2014

SUICIDIO. PÉRDIDA PRIVADA, PROBLEMA PÚBLICO.


Todos los días mueren personas por distintos motivos: corazón, cáncer,… Ninguno de estos fallecimientos es noticia, salvo que el finado sea una persona conocida, famosa, pública. En el resto de los casos, se deja que la familia pase su padecimiento en privado. Supuestamente, esto mismo debería ocurrir cuando la causa del fallecimiento es el suicidio. Incluso creo que los periodistas tienen un código deontológico al respecto. Sin embargo, a veces, algún pseudoperiodista, en complicidad con el morbo que el lector tiene, hace noticia de uno de estos hechos, explayándose, en mayor o menor medida, en detalles como el método, las iniciales a las que responde el finado, su profesión o las supuestas dificultades que le llevaron a tomar tal decisión.

Dejemos claro que el suicidio personalizado no es una noticia, que sólo alimenta el morbo y que produce una segunda victimización en los familiares. Si cabe, los casos de suicidios deben ser más anónimos y privados que el resto de fallecimientos, pues conllevan una carga de tabúes y connotaciones negativas. Deben ser los familiares los que decidan hacer más o menos pública las circunstancias que han rodeado al fallecimiento. Con ello no se defiende el “ocultismo” debido a la vergüenza y a las connotaciones negativas que seguimos arrastrando de nuestra tradición católica. Muy por lo contrario, se debe luchar contra este tabú en un mundo que cada vez se plantea más seriamente la eutanasia activa, el derecho a elegir libremente cómo y hasta cuándo vivir y cómo y cuándo morir. Podría decirse que los suicidios han sido una señal de la necesidad de plantearnos esta cuestión social e individual. Es necesario que las familias puedan hablar sobre el suicidio de un ser querido con naturalidad, sin vergüenza, reconociendo la valentía del acto o, al menos, con el derecho a comprender y aceptar tal decisión. Lo que no es ético, es que alguien ajeno a la familia y los amigos, apoyándose en la libertad de expresión y el “derecho a saber del ciudadano” utilice este hecho, privado o restringido a los conocidos, para hacerlo público y menos como suele hacerse.

Paradógicamente esta permisividad del intrusismo en el ámbito privado del suicidio (como acto individual), contrasta con las dificultades para hacer público los datos, las circunstancias del suicidio, anónimo, como hecho social y eso que no hablamos de un “pequeño” problema. En 2008 el suicidio se situó como primera causa externa de defunción ante el descenso de los fallecidos en accidentes de tráfico (según nota de prensa del INE). Eso supuso en 2010 la cifra de  3.145 muertes (2.456 hombres y 689 mujeres) lo que seguramente sólo refleja la punta del iceberg.
Ante esta cifra lo lógico sería pensar que se hace necesario un estudio (investigaciones) que nos permitan conocer en profundidad el problema y, sobre todo, demarcar aquellas variables predictoras sobre las que poder hacer hincapié. Sin embargo, la falta de un sistema que facilite la recogida sistemática de información sobre las causas (factores de riesgo) y los factores protectores, imposibilita la realización de estudios correlacionales e inferenciales que nos permitan contar con indicadores de prevención. Y ello, a pesar de que sepamos que el 90% de suicidios consumados padecían trastornos mentales; un 40%, trastorno de personalidad, alcoholismo, drogadicción o esquizofrenia; el 60% enfermedad depresiva; en un 41% habían pasado por hospitalizaciones psiquiátricas en el año previo a la muerte. Además, la autopsia psicológica de los suicidas muestran que el 90% de los casos presentaban criterios diagnósticos de 1 o más trastornos mentales, es decir, si en lugar de esperar a recopilar información tras la muerte, se hubiese obtenido antes, quizás se hubiese evitado. Si sabemos que existe una relación estandarizada de mortalidad con los intentos previos, con los trastornos alimentarios, con la depresión mayor, con el abuso de sustancias psicoactivas y con el trastorno bipolar, por qué no usar estos indicadores como señales para evaluar la ideación suicida en el paciente.
Aquellos que nos acercamos al fenómeno del suicidio con la intención de realizar estudios científicos con garantías metodológicas y estadísticas nos encontramos con escollos difícilmente superables derivados de la burocracia, el miedo y el egoísmo profesional. Desde hace años ya ni contamos con la única fuente nacional, el INE, que dejó de publicar las estadísticas sobre muertes por suicidios a principios de esta década.
A ello hay que sumar las restricciones impuesta por la ley de protección de datos sobre información médica que, a veces, se utiliza como escusa, se sobredimensiona o se mal interpreta para no atender peticiones de otros profesionales.   
Otra fuente de dificultades proviene, valga la redundancia, de las propias fuentes de información. La primera de ella sería el servicio de documentación clínica que puede proporcionar (previa autorización de la Dirección) las cifras brutas de casos atendidos en urgencias, los ingresos y las muertes en los que figure como diagnóstico principal  "autolisis, intento de suicidio, ...", pero en muchas ocasiones el diagnóstico se limita o se decanta por "herida incisa en muñeca, intoxicación medicamentosa, precipitación, politrauma, ...” etiquetas bajo las que pueden esconderse casos de suicidios o intentos que quedarían fuera de estudio con la consabida pérdida de fiabilidad de la investigación.
Una segunda fuente (posible) sería el servicio de psiquiatría. La mayoría de los intentos de suicidio que sobreviven se remiten a Psiquiatría para valoración. Los psiquiatras documentan muy bien sus pacientes, pero, se trata de información muy confidencial. Acceder a los expedientes para obtener datos es sumamente difícil, además de que se limitarían a intentos o suicidios fallidos.
 Por último, existe la obligación legal de dar parte al Juez de Guardia de todas estas asistencias, por lo que es posible que los Departamentos Forenses de los Juzgados  cuenten con información al respecto. De nuevo, una larga burocracia y un desconocimiento de la organización de dichos datos obstaculizarían cualquier investigación que se basase en esta fuente de información.
Y así, mientras seguimos creando campañas publicitarias para reducir todo lo posible las muertes por accidentes de tráfico, apenas si invertimos en un problema que, según algunos estudios, para el año 2020 a nivel mundial, 1,53 millones de personas morirán por suicidio y se producirán entre 10 y 20 veces más intentos suicidas. Es decir, en promedio se producirá una muerte por suicidio cada 20 segundos y un intento suicida cada 1 a 2 segundos.