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jueves, 15 de septiembre de 2016

Se aprende de todo, pero no aprendemos de nada.

Los psicólogos humanistas decían que era imposible no-comunicar, de forma paralela podríamos decir lo mismo con el aprendizaje, es imposible no-aprender algo de todo aquello que nos rodea o nos pasa.
El niño que toca por primera vez el fuego y se quema, aprende que no debe hacerlo más. El aprendiz de cocinero que se despista y no mira el plato que había dejado en el horno, sabe que no es buena idea…
Se puede o es inevitable aprender de todo. Ric Elias iba en el vuelo 1549 de US Airways que despegó el 15 de enero de 2009 y que tuvo que realizar un amerizaje de emergencia en el río Hudson. Tras aquella experiencia, la vida le cambió y ese cambio lo explicó en una charla de 3 minutos que se ha hecho viral. Según Elias mientras iba cayendo y pensando que iba a morir aprendió tres cosas que le ha cambiado la vida: Que todo cambia en un instante y que, por tanto, hay que vivir el presente con más intensidad. Que no hay que perder el tiempo en cosas que no importan con gente que sí importa y, por tanto, que no hay que discutir tanto. Que morir no da miedo, pero sí mucha pena.
Tuve un paciente con trastorno de estrés postraumático tras un accidente de avión y graves secuelas físicas, durante la terapia le pregunté qué había aprendido de la experiencia. En un primer momento, casi se sintió a ofendido “¿cómo podía haber aprendido, haber sacado algo positivo de aquello?” Días después, me confesaba que, después de pensar en ello, se había dado cuenta que ahora se conocía mucho más a si mismo y que era capaz de empatizar, de comprender, las reacciones de otros que antes hubiera clasificado de absurdas o desproporcionadas.
Navega por la red un artículo que se llama “lo que aprendí haciendo cosquillas a los simios” y es típico que se hable de aprender (a disfrutar) de las pequeñas cosas.
Los ejemplos parecen indicar que, como escribía Herman Hess en su premiada obra Siddharta “A nadie, venerable, le podrás comunicar con palabras y a través de la doctrina lo que te ha sucedido a ti en el momento de tu inspiración”. Pero no es así. Para eso hemos aprendido numerosas formas de transmitir nuestro conocimiento, desde la tradición oral a las nuevas tecnologías, pasando por los maravillosos e insustituibles libros. El problema es no escuchar, no ver, no leer, no analizar, no memorizar. Y si a eso le unimos la creencia, típica del ignorante, de que ya sabe todo lo que tiene que saber…
En un muro del Campus universitario de Teruel se puede leer una cita que Sócrates escribió en el siglo V a.c. “Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan al respeto a sus maestros”, de igual forma un anónimo caldeo, 2000 años antes de Cristo rezaba “Nuestra juventud es decadente e indisciplinada. Los hijos no escuchan ya los consejos de los padres. El fin de los tiempos está próximo” parece ser que seguimos pensando que nuestra generación fue la mejor y la de nuestros hijos, la peor, es decir, seguimos sin aprender de la experiencia.
Más reciente una frase muy utilizada que se atribuye a distintos autores (Nicolás Avellaneda, Cicerón, Abraham Lincoln, Napoleón Bonaparte, George Santayana) recoge este sentimiento de falta de aprendizaje “Los pueblos que olvidan (no conoce) su historia están condenados a repetirla“
Es paradójico. La especie humana (homo SAPIENS SAPIENS) que se autocalifica como la única racional, que puede aprender de todo, es la única que no deja de tropezar en la misma piedra por no aprender (u olvidar) del camino. Y si no tropieza más es porque hay excepciones que están ahí para advertirnos de lo que puede ocurrirnos si no levantamos el pie a tiempo.
Quizás seamos los españoles especialistas en esto de no aprender llegando al extremo absurdo que se ejemplifica con la frase “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar” que para más inri se le atribuye al rector de la desaparecida universidad catalana de Cervera en 1827 con ocasión de una visita del Rey Fernando VII.
Y sin embargo, ¿cuántos disgustos como pueblo, como especie, nos ahorraríamos si conociéramos y aprendiéramos de nuestraS historiaS?
Quizás sea cierto la máxima de Herman Hess “La verdadera sabiduría y las verdaderas posibilidades de liberación no pueden aprenderse ni enseñarse; son únicamente para aquellos que están a punto de ahogarse” y estemos condenado a esperar a estar a punto de ahogarnos para aprender a salvarnos.