Páginas vistas en total

martes, 28 de noviembre de 2017

Tema de debate para psicólogos emergencistas

Acaban de cumplirse 20 años de la rotura del depósito de agua de Melilla. Por tanto, acaban de cumplirse 20 años de mi primer contacto con este campo tan interesante como es la psicología en catástrofes.
Desde entonces hemos avanzado mucho aunque quedan temas en los que no terminamos de ponernos de acuerdo, lo que no es ni bueno, ni malo. Por tanto, esta introducción debe tomarse como lo que es, una opinión propia muy discutible. Pero también debe tomarse como una opinión basada en 20 años de ensayo-error, de intercambio de información, de intervenciones y posteriores reflexiones, de puesta en común con otros psicólogos de emergencias y con otros profesionales, con la opinión de afectados, con la consulta de trabajos científicos y de ensayos sobre experiencias.

La psicología de emergencias No es psicología clínica.
Muchos psicólogos que están en emergencias provienen o compaginan su labor con la práctica clínica. Si bien la consulta es una experiencia de suma utilidad para realizar el apoyo psicológico con afectados por una emergencia o catástrofe  o familiares de los mismos, cuando se trabaja en emergencias se debe comprender que la intervención no es la misma. El psicólogo de emergencias hará una “terapia” (lo llamo así para que nos entendamos) individual, pero también trabajará a nivel grupal (por eso, en determinadas ocasiones, como es la recepción de familiares, aunque uno le hable a un afectado en concreto, el tono de voz que usa es suficientemente alto para que lo escuche el resto). Por otro lado, no se puede “aplazar” casi nunca nuestra intervención, ni prepararla para otras sesiones. No se realiza en un lugar cómodo y seguro. Debe saber “lidiar” con la prensa, debe preocuparse por la prevención, debe conocer la psicología social de las masas, el comportamiento en las evacuaciones, las conductas presumibles en las fases de shock y de reacción. Debe acostumbrarse a trabajar codo con codo con sanitarios, bomberos, miembros de los cuerpos de seguridad del Estado…
Derivado de esta diferenciación, surge el debate de si los psicólogos de emergencias deben o pueden realizar su labor en la zona cero. El debate es intenso y las dos partes u opiniones tienen razón. Yo me decanto por pensar que, si bien los Planes de Emergencias o nuestros propios protocolos no lo contemplan, debemos estar preparados para intervenir, de la mano o a petición de otros profesionales, en la zona cero. Y expongo mis razones:
  1. -         Nuestra preparación debe dirigirse a situaciones desde emergencias muy individuales (accidente de coche, suicidio, muerte de un menor…) hasta grandes catástrofes. En estas últimas circunstancias (pongamos por ejemplo un gran terremoto) la zona cero será muy extensa, prácticamente toda la zona, ampliándose de forma imprevisibles a lo largo del tiempo que dure nuestra labor (nuevos y sucesivos temblores, réplicas, caídas de edificios, incendios posteriores…). Ello hará que el psicólogo se encuentre o le alcance la zona cero de forma inesperada durante su trabajo (p. ej.  Mientras realiza el apoyo psicológico a afectados o familiares, en la sala habilitada para ello, se produce una réplica del temblor y parte del edifico se viene abajo quedando dentro los psicólogos con personas que están heridas y psicológicamente muy alteradas). Sin llegar a esto, un interviniente del ejército español desplazado a Estambúl en el último de sus seísmos me contaba que en el PMA y Hospital de Campaña que habían montado, trabajaban con el olor constante de los cadáveres que aún permanecían sepultados en los edificios colindantes.
  2. -         Ojalá los profesionales que intervienen en una catástrofes demandaran nuestra actuación junto a ellos en la zona cero. Esto sería bueno por dos razones, una porque significaría que nos hemos ganado su respeto como profesionales que podemos y sabemos ayudar. Dos porque ampliaría nuestro ámbito de trabajo (muchas veces no nos avisan porque nuestro ámbito de intervención es limitado… y desconocido, por no decir, poco valorado).
  3. -         “Entró con los familiares a reconocer el cadáver y se desmayó”. Como en todas las profesiones, no todos los técnicos “sirven” para todas las labores (por vocación, preferencias o capacidad). En nuestro campo, no todos los psicólogos pueden dedicarse a las emergencias. A parte de la anécdota (cierta) de este epígrafe, trabajar bajo presión, de forma inmediata, en un entorno con numerosos estímulos aversivos/peligrosos frente a un sufrimiento reciente intenso y generalizado, no está al alcance de todos. Formarnos para trabajar en zona cero, mejora nuestra percepción de autoeficacia y autoconocimiento sobre nuestras reacciones, nuestras capacidades, nuestras competencias, lo que redundará en la capacidad para transmitir esta confianza en las personas a las que debemos ayudar.

Para terminar este epígrafe me voy a permitir copiar un comentario colgado en el facebook hecho por una colega (Mª Jesús Rodríguez) tras su participación en un simulacro:
Como Psicóloga de Emergencias, he podido sentir de nuevo lo que es trabajar en la zona 0. Esa para la que nunca se está totalmente preparado ni formado. Esa donde todos tus conocimientos y experiencias deben fluir y dinamizarse con los del resto de intervinientes. Esa donde no importa el uniforme que lleves, si no que, lo que realmente impera es la situación de crisis y sus fases. Esa en la que nada está aún controlado. En la que primero manda el rescate y la puesta a salvo y luego el tratamiento. Porque como psicólogos, debemos saber que no siempre se atiende a las víctimas cuando ya han sido socorridas, o a los familiares de éstas. Si no que, en ocasiones, esta intervención que necesitan es DURANTE el rescate. El emergencista debe estar lo suficientemente preparado para saber actuar en cada una de las fases, sea del equipo que sea, y llegue en el momento que llegue.”

Intervención psicológica avanzada, primeros auxilios psicológicos versus habilidades de comunicación en emergencias.
Otro foco de discusión ha sido (y sigue siendo) a nivel conceptual y epistemológico lo que es nuestra intervención y la que es de otros profesionales. Si bien a nivel conceptual hemos solucionado el problema: nosotros nos encargamos de la  Intervención Psicológica Avanzada (IPA) o Primeros Auxilios Psicológicos (PAP), mientras que los demás profesionales deben limitarse a realizar una comunicación efectiva emocional con los afectados (un bombero no puede permanecer mudo, un médico debe tener la capacidad para comunicar una mala noticia). Sin embargo, lo que engloba y los límites de cada concepto siguen sin estar claro, al menos, para parte de los intervinientes. Por otro lado, esta limitación presenta una incongruencia con la idea de que los psicólogos no actuamos en zona cero. De ser así y,  a la vez, teniendo en cuenta que los profesionales, que si trabajan en esta zona,  no deben realizar un apoyo psicológico (PAP), ¿qué ocurre si durante un rescate aparecen síntomas de inestabilidad psicológica que precisa de una IPA?
Por otro lado, la limitación no sólo conceptual, sino operativa se hace necesaria para establecer los contenidos que pueden ofrecerse en la formación en la que participamos para los distintos colectivos.

Nuestro plazo de actuación.
Un tercer tema de debate es hasta qué momento, posterior a la emergencia debemos seguir actuando. Aunque el GIPEC tiene como marco de actuación la fase de impacto y postimpacto inmediato, en ocasiones, en esa inmediatez los afectados están menos o nada receptivos a aceptar nuestra ayuda y es en una fase de postimpacto tardío cuando pueden y quieren aceptar nuestra ayuda, más aún si ya en la fase inmediata a la emergencia hemos creado una relación de confianza con el/los afactados. Se puede argumentar que en esa fase (fase de reacción o de vuelta a la normalidad) son los psicólogos clínicos los que deben intervenir, pero ante esto hay varios argumentos en contra. El primero es que es al psicólogo de emergencias que ha estado en los primeros momentos haciéndose significativo a los que acuden. Si la respuesta que reciben es que en esos momentos ya no pueden ayudarles y que deben acudir a otro profesional, puede producirse una pérdida de confianza hacia la figura del psicólogo en general muy acusada. Por otro lado, para conocer y tratar los síntomas asociados a la catástrofe, es el psicólogo emergencista el que está más preparado y por último, mandar al psicólogo clínico a una persona psicológicamente estable y sana que precisa de asesoramiento ante una situación anormal y un proceso de duelo, es psicopatologizar al sujeto.
Los temas que los psicólogos de emergencias tienen a debate son mucho más numerosos y, no dudo, que más importantes. Sirvan estos expuestos como ejemplos y para que se establezca una primera concienciación de que debemos sentarnos a debatir y a acordar una base mínima para no perder el tiempo en temas baladíes.
Melilla, 28 de noviembre de 2017.