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miércoles, 19 de marzo de 2014

HUÉRFANO A LOS 50

HUÉRFANO A LOS 50


Tengo 50 años (+1). Uno piensa que a esa edad la pérdida de unos padres no te afecta tanto. “Bueno, eran mayores”, “afortunadamente no te faltaron cuando eras joven”, … Tópicos. Tópicos que la gente (yo mismo) tiene hasta que te pasa. 

Es cierto que mis circunstancias (la muerte de los dos progenitores seguidas) reúne lo que enseño a mis alumnos como “duelo complicado” que puede desembocar en “duelo traumático”, prolongado: una muerte inesperada, sin tiempo para despedirte y otra prolongada, agónica, infame, de las que deterioran tanto que es injusta y cruel con el enfermo.

Pero no es eso, es que, como he descubierto, a los 50 años sigues necesitando abrazar a tu madre y ayudar a tu padre para devolverles una ínfima parte de lo que te dieron a ti.

Se trata de que uno no tiene nunca suficiente con lo que hizo por ellos, que uno se reprocha el minuto que no les dedicó. Que se da cuenta de que no podrá volver a preguntarles por aquella historia familiar que tantas veces contaron sin que tú atendieras.


Se trata de que, sin importar que ya no seas un niño, te has quedado huérfano y entonces comprendes la magnitud de la palabra, quizás más que si fueses un niño con toda la vida por delante.