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miércoles, 23 de abril de 2014

Impresiones sobre Amsterdam y alrededores

Viaje a Amsterdam
Miles de bicicletas se estacionan por todas las calles de Amsterdam
Con la de tierra firme que hay en el mundo, llegan los holandeses y se ponen a plantar diques (DAM) en el río AMSTEL y ¡zas!, ¡ya está!, crean una capital llena de canales.
Casas inclinadas que se sujetan unas a otras

Luego se dicen: “como vendrán muchos turistas, hay que abrir hoteles”, y en el espacio que ocupa mi salón, se montan un puñado. Eso sí, para aprovechar el espacio, los hacen de 3 ó 4 plantas conectadas por escaleras empinadas de estrechos peldaños (vamos que aquí en España poniendo pegas para abrir una pensión por no cumplir las normas de seguridad o por tener barreras arquitectónicas y allí se lo pasan eso por…). Además, como no se gastaron mucho en cimientos y el terreno es arena (de playa) los edificios estás “escorados”, como si fueses en un barco.
Aún así, nuestra “pensión” (aunque a precio de hotel 4 estrellas), está situada en pleno centro (calle Rokin) con vistas desde el comedor-recepción-sala de estar (la habitación es interior) a los canales y a la estatua de una reina Guillermina.
Las bicicletas.
Si eres peatón te respetarán más los coches que las bicicletas. éstas no respetan ni a los tranvías. Me recuerdan a esos perros pequeños que ladran e intentan morder a los perros más grandes.
Hace frío y llueve intermitentemente. Nubes sueltas que arrojan un rápido y breve chubasco y dejan salir al sol de nuevo. Se agradece.
Los radiadores del salón-recepción-comedor del hotel, en el primer piso, mantienen caliente la estancia. Desde las mesas, junto a las ventanas, uno se convierte en observador. Cambiar del turista “buscador/nómada/cazador de imágenes” que deambula interpretando un plano y buscando una escena que fotografiar, al turista sedentario que espera que pasen las imágenes frente a la ventana, dejándolas escapar: Ahora sale un tranvía, ahora son los otros turistas nómadas, ahora es el sonido de las viejas bicicletas en el traqueteo contra los adoquines. 
Las sombras se alargan, va cayendo la tarde que, en estos países “nórdicos” ocurre más rápidamente.
No me gusta una ciudad llena de turistas imberbes cuya razón de haber venido hasta aquí es entrar en un coffee-shops para fumarse un porro de mariguana y que se le pongan los ojos de “besugo” y la cara de bobo. No me gusta ir oliendo la mariguana por la calle de gente que protestaría si alguien fumara un cigarro en un lugar público. 
Pero sobre todo no me gusta ir “acojonado” por la calle temiendo que algún ciclista kamikaze me atropelle y un policía holandés me extienda una multa por invadir el carril.

La experiencia Heineken. Hip!

¿Te gusta la cerveza? Entonces tienes que ir al museo Heineken. No es que te enseñen mucho  sobre el proceso de elaboración o haya catas. Pero tienes que ir. Te explican un poco. Te compras un gorro Heineken, una bufanda Heineken, una sudadera Heineken, un maletín Heineken… Y te enseñan a “tirar” una caña. ¿Para qué?, si aquí en España la pides y te la pone un profesional.
Con la entrada te dan una pulsera que puedes cambiar por un par de cervezas. También te encuentras con juegos de luces (verde, todo verde) y otros espectáculos.
 En fin o vas al museo o te acercas a un Pub y te tomas unas cuantas cervezas.

Begijnhof. Católicos y protestantes.
Vas paseando por la calle y te encuentras una puerta de un conjunto de edificios antiguos. La abres y, como en Alicia, te encuentras en otro mundo. Un remanso de paz, un patio lleno de flores y rodeado de preciosos edificios con sus pequeños jardines. Se trata de antiguas residencias de Beguinas (monjas seglares, como nuestras Hermanas de la Caridad). Parece ser que esto comenzó en el siglo XVII, pero con el tira y afloja de los protestantes, la cosa ha cambiado. Se hacía la vista gorda, pero ya se sabe que el catolicismo no estaba bien visto. Esa es la razón por la que la iglesia católica, a diferencia del templo anglicano, está escondida en el nº 19. Al final traspasas un pequeño portal y abres una puerta y vuelves al mundo normal en la plaza Spui.
Los café negros.

Mi mujer estaba cabreada por hacerle una
foto sin maquillar y mi hijo,
creo que creía que estaba en un coffee-shop.
  No me refiero a un tipo de café (como la cerveza), sino a los establecimientos donde te sirven café… y comidas y cervezas. Uno no sabe qué pedir para ir con lo adecuado a esa hora. Al final, pides lo que te de la gana. Lo importante es el ambiente.
Los cafés negros son los establecimientos antiguos que no han cambiado desde su construcción. Destacaré uno de ellos: El café Karpershoek, cerca de la estación central, en una esquina de la calle Martelaarsgracht (no intentar pronunciar). Abierto en 1629. Curioso: sobre el suelo de vieja madera, hay arena (como en nuestros chiringuitos). No me atreví a preguntar el motivo.
El barman, y supongo que propietario, un tipo gordo y con bigote,   que hace esfuerzos por entender lo de “café con leche, coffee with milk, coffee latter…”, me permitió sacar unas fotos. Conversaba con un “parroquiano” que parecía haber nacido expresamente  para estar allí o quizás hubiese ido cambiando con el tiempo para adaptarse a este gezelligheid (ambientillo, atmósfera).
El café cremoso estaba bueno. 

El famoso barrio rojo.
¡Cómo vas a ir a Amsterdam y no vas a terminar por el Barrio Rojo!

Sus tiendas, sus restaurantes, su ambiente en las calles, su iglesia… Ah, si, se me olvidaba, y unos escaparates con luces rojas frente a los que se para mucha gente para ver la lencería de los maniquíes (entre nosotros, porque no soy mal pensado, si no, dirían que son chicas de lenocinio).
Es curioso, frente a la puerta de la iglesia vieja (Oude Kerk) hay uno de estos escaparates con una señorita en ropas menores. Supongo que cuando el reverendo (como nuestros curas pero protestante) hable de la tentación se referirá a ésta.
Los coffee-shops son numerosos como las tiendas de sadomasoquismo o de consoladores inverosímiles. Así que droga y sexo. Pero uno pueda pasear por el barrio sin tener la sensación en ningún momento de que puede correr peligro… salvo por alguna bicicleta que te envista por detrás.




Escaparate del Barrio Rojo. Si estos son los Geipermanes holandeses,
¿A qué juegan los pequeños holandeses?
















Volendam, Edam y Marken
Lo mejor de Amsterdam está fuera de Amsterdam.
Nos habíamos planteado hacer una excursión organizada (40-50 euros), pero tras la conversación con una camarera colombiana, optamos por sacar nuestro ticket de 24 horas para ir donde quieras (con subidas y bajadas a tu gusto) y acercarnos a estos pueblos holandeses. 
Además nos acompaña el tiempo. Un día claro, sin una nube, sin el viento frío que nos ha azotado los días pasados en Amsterdam, un sol que no achicharra como en España y que los holandeses aprovechan para lanzarse a sus porches y jardines y tumbarse con la esperanza de “coger color”… “coger color salmonete”. La temperatura es suave.
Casa junto al dique del puerto
de Volandem. Tiene dos entradas a las
alturas del pueblo y del dique.
Son la auténtica (antigua) Holanda. Lo que uno desea encontrar cuando viaja a otros países (y no un McDonald). Holanda, llana, silenciosa, casi parada en un lienzo de pintura flamenca.
Es tan llano el paisaje que puedes dibujar la curvatura del horizonte en algunas zonas.
En Volendam por fin puedo ver los famosos diques (una muralla) que permiten que Holanda exista y no se convierta en La Atlántida.











En Volandem probamos las anchoas con cebolla. No está mal, pero se aprecia una sutil diferencia con nuestro jamón ibérico (léase con ironía). Hay que callejear, perderse por las callejuelas, mirar por los amplios ventanales de las casas, sin cortinas. Cotillear el interior de estas apacibles viviendas. Hay que pasear sobre el dique, a lo largo del puerto. Hay que detenerse en la esquina de la calle Jozef y ver hasta donde llegó el agua en la inundación de 1916.









Edam es un remanso de tranquilidad, sus casa están cuidadas, la floristería junto a la iglesia es de película. La dueña se mete en el invernadero de la trastienda y te deja a tus anchas que veas la tienda. Una prueba de la confianza en el ser humano que tienen en esta ciudad. La tienda de quesos (no podía ser de otra forma tratándose de Edam) es igualmente de exposición, todos los detalles cuidados y la amabilidad del tendero invita a probar los pequeños tacos de queso cremoso. Las casas se asoman a los pacíficos canales. 

Aquí, al menos el día de la visita, ni el agua se atreve a correr. 
Hay un hotel perdido en el tiempo, lleno de ancianos, que merecería una noche.

























Finalmente llegamos a Marken. ¿Sabrían que íbamos a venir y han pintado todas las casa? En una guía dice que en esta isla se oye el trinar de los pájaros, el balar de la ovejas y el croar de las ranas. Nos bajamos del autobús y, efectivamente, se oye el trinar de los pájaros y el balar de la ovejas (las ranas deben estar descansando). Me pregunto si no será una cinta pregrabada para dar mayor ambiente bucólico. Sea como sea, el lugar está parado en el tiempo.
No hay ruidos y, aparte de una tienda de souvenir en la entrada del pueblo, sólo hay una cafetería y, por tanto, un sólo W.C. público (eso sí, las indicaciones turísticas no te indican ni iglesia, ni plaza, hacen referencia a este baño público tan necesario en algunos momentos).






“No entiendo” se dice “alstublieft”, pero ¿cómo voy a decir “alstublieft” si no entiendo?