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miércoles, 2 de julio de 2014

Me llamo Alcántara 10 y estoy en tierras africanas


No fui ni más valiente, ni más cobarde que el resto de mis compañeros. Pasé el mismo miedo y miré, como les gustaba decir a nuestros mandos, de cara a la muerte.
No me sacrifiqué, como dijo el Teniente Coronel Primo de Rivera, nuestro Jefe, nuestro compañero, por la Patria. Lo hice por los soldados españoles que huían despavoridos desde Ababda, Ain Kert, Azib de Midar, Cheif, Karra Midar y Tafersit y otros nombres que quedarán en el olvido, como el de todos nosotros que un 23 de julio quedamos tendidos en el camino hacia Drius o Monte Arruit.
La garganta reseca, el rostro cubierto por el polvo ocre de esta ingrata tierra, el sol aplastándote, sujetando las riendas con fuerza para luchar más contra el miedo y la certidumbre de la muerte que contra un enemigo oculto y traidor.
Se discutirá en la posteridad si fuimos colonizadores, incluso invasores, si reprimimos o explotamos a los habitantes de este Rif. ¿Nosotros, soldados que llegamos hasta aquí años atrás como quintos, atravesando un mar que nos pareció inacabable?, ¿nosotros que dejamos familia e ilusiones?.
Se discutirá desde salones, aulas y despachos, pero bastaría con que se hubiese vivido un minuto de nuestro miedo, nuestros valores, nuestro honor, bajo aquel sol, oyendo los “pacos” y el silbido de los proyectiles, con que hubiesen visto el terror en los ojos del compañero que avanza al galope a tu lado, sable en mano, buscando en tu mirada que le digas que no va  a pasar nada… bastaría con eso para callar todas esas voces.
Osorio, un valenciano de Onteniente, zapatero como su padre, ya me lo había dicho aquella mañana: “Maño, hoy no vemos ponerse el sol y, aquel que lo vea, no sé si será peor”.
No, no vimos ocultarse el sol ni caer la noche. Osorio calló de los primeros, apenas pude ver como intentaba incorporarse del suelo tras caer de su montura, empujado por el puño invisible de una bala que destrozó su pecho, y volver a caer, como un harapo. .. yo resistí algo más, la hora me llegó cuando ayudaba a los pobres de Tafersit, mientras cargaba sobre la fusilería. Cabalgaba sobre mi “Acalorado”, espoleándole, haciéndole sangrar por la nariz. ¡Qué valiente caballo!
Recordé a mis padres y a aquella joven a la que me había prometido y a la que, al enterarme que me había tocado África, le pedí que me olvidara. ¿Me habría olvidado?
Yo seguí la montura de mi teniente, otro valiente cuyo nombre tampoco se recordará y que dibujaba una medio sonrisa mientras nos aseguraba “lo peor ya ha pasado”.
A veces, me invadía la sed, pero miraba a los soldados de los distintos blocaos de Annual, que habían resistido los días anteriores bebiéndose sus propios orines, y volvía a pensar en cumplir con la tarea que se nos había encomendado. Seguramente ese destino lo habían decidido alguien desde muy lejos, sentado tras una mesa, alguien para el que Igueriben no era más que una zona de un gran mapa.
Fue un largo día, un día de despedidas, de coger la mano del compañero moribundo, de aguantar las lagrimas, de abandonar los cuerpos mientras huíamos.
Cubrir la retirada de 5000 almas perdidas, sin esperanza. ¡Qué miedo pasamos, pero cuántas veces volveríamos a hacerlo por ese capitán que cabalgó a nuestro lado, codo con codo, por nuestro cabo, que sabía leer y escribir, por nuestro amigo, compañero de reemplazo. Ellos eran la Patria.
Yo vi las ambulancias y lo que parecían cuerpos en el río Igan. Y volví a cargar sobre el enemigo.
A esas alturas me costaba reconocer a algunos de mis compañeros de la Unidad pues sus rostros desencajados, mezcla de miedo, rabia y determinación, se ocultaban tras un barro formado por la sangre, la propia y la del enemigo, y el polvo seco levantado en el galope. ¡Maldito polvo!
Mi cabeza no descansaba, volvían las imágenes, me arrepentía de lo que había hecho y, a la vez, deseaba volver a hacerlo.
¡qué lejos quedaba mi casa!, allí en un pueblo aragonés donde nunca se había oído hablar de una ciudad situada en el Norte de África, Melilla.
Yo vi Drius, en la lejanía, tomada por las tribus rebeldes, incendiada. Puede que fuese aquella visón (lo que se veía y lo que se adivinaba) lo que me hizo recordar las palabras de Osorio “Hoy no vemos ponerse el sol”.
Miré a mis oficiales, compañeros en la fortuna, ejemplos de valentía. Miré a los menguantes jinetes que quedábamos. Miradas perdidas, agotados, sangrando, con la respiración entrecortada. Miré sus caballos ajenos quizás. ¡Qué orgulloso me sentía de ellos! No hubiese querido estar en ningún otro lugar, no hubiese querido morir con otros.
Nadie dudó cuando nuestros oficiales dieron la orden de una última carga. “Es hora de sacrificarse por la Patria”.
Cuando ya crees no poder más, cuando tu razón te dice que abandones, que qué se te ha perdido en aquellas tierras, que para quién derramas tu sangre, vuelves a mirar a tus oficiales, tus compañeros, sus caballos, los soldados que huyen de Drius o Monte Arruit, confiando sus vidas a tu valor, y tu postura se yergue, afianzas las riendas, aprietas la empuñadura de tu “Puerto Seguro” y espoleas una vez más a tu derrotada montura.
Una lágrima de certeza se escapa. Tragas saliva, los dientes se aprietan unos contra otros.
La muerte y la valentía iguala a Jefes, Oficiales y Tropa. No sientes miedo, sientes dolor, decepción, te preguntas por qué, te niegas a sucumbir y, finalmente, recuerdas el rostro de una joven a la que pediste que te olvidara. Otros con su último aliento, llaman a sus madres.
Mi nombre se borrará como la sangre que dejé en este suelo. Nadie nos recordará. Algunos, incluso, se avergonzarán de nuestros actos.
No luché para ellos, ni para un rey, ni para una nación. Si no lo entendéis, no merecéis que pierda el tiempo en explicároslo.
Cuando la pena nos alcanza
Del compañero perdido,
Cuando el adiós dolorido
Busca en la fe su esperanza
…………………………………
Ya le has devuelto a la vida
Ya le has llevado a la luz.

Tardamos 91 años en reconocer esta gesta y aún hay quien dibuja una sonrisa irónica cuando alguien se enorgullece de ello. Me pregunto cuantas películas sobre estos hechos hubieran hechos los americanos si el Regimiento hubiese sido suyo. No conozco sus nombres, pero he querido ponerme en la piel de aquellos jóvenes en aquel día. Imposible misión. Sirva de homenaje y reconocimiento.