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viernes, 23 de agosto de 2013

Las ventanas rotas: lo que la psicología social puede aportar a la vida cotidiana


A estas alturas, apareciendo a diario en los noticiarios casos de corrupción y desfachatez cada vez mayores, llevamos algún tiempo preguntándonos cómo hemos llegado a tal punto de corrupción. La respuesta la hubiésemos conocido antes (y por tanto, también la solución) si entre nuestros políticos existiese un mínimo de formación en ciencias sociales como la sociología o la psicología.

En 1969, Phillip Zimbardo, profesor de la Universidad de Stanford, llevó a cabo un experimento que más tarde daría lugar a la "teoría de la ventana rota". El experimento consistió en abandonar dos coches idénticos, en dos barrios diferentes: Uno en el Bronx, (zona pobre y conflictiva de NY) y el otro en Palo Alto, (zona rica y tranquila de California). Los investigadores observaron que el automóvil abandonado en el Bronx comenzó a ser desvalijado en pocas horas. Robaron las llantas, el motor, los espejos, la radio, etc. Mientras, el coche abandonado en Palo Alto se mantuvo intacto. En un principio se atribuyó esta diferencia en las conductas a la pobreza. Sin embargo, Zimbardo continuó el experimento. Para ello se rompió el cristal de una de las ventanas del coche de Palo Alto. Al poco tiempo el coche sufrió de un vandalismo similar al del Bronx. La conclusión fue que la conducta delictiva no era efecto de la pobreza, sino de factores psicosociales: El abandono es interpretado como señal de deterioro, desinterés, relajamiento de las normas sociales y de permisividad.

Este experimento dio lugar a otros que confirmaron la idea. En especial el que llevaron a cabo Wilson y Kelling (que propusieron la "teoría de las ventanas rotas"). Estos autores utilizaron un edificio abandonado y rompieron una ventana. El resultado fue que se produjo una escalada de ventanas rotas en ese edificio (que hasta el momento no había sido objeto de vandalismo). La conclusión, una vez más, es que el descuido, la permisividad, la suciedad, el abandono propician el delito. SI SE ROMPE EL CRISTAL DE UNA VENTANA Y NO SE REPARA LO ANTES POSIBLE, PRONTO SE ROMPERAN EL RESTO DE VENTANAS.

Durante años, en España se han ido "rompiendo ventanas" sin que los responsables las arreglasen rápidamente dando la sensación de que "no pasaba nada", que "todo el mundo hacía lo mismo" (y si no lo hacía era porque no podía o era tonto). No sólo se "rompían ventanas", sino que se banalizaba el hecho de hacerlo. No ha sido infrecuente que aquellos sujetos que habían estafado, malversado o robado valiéndose de su posición, aparecieran en los platós de televisión, pero no para ser recriminados por sus acciones, sino tratados en tono jocoso o, incluso, como ejemplos a imitar, como referentes sociales (permitiéndose el lujo de cantar, contar sus delitos, escribir libros o ser contratados por grandes empresas). Esta actitud/respuesta supone otra contradicción con lo aprendido por las ciencias del comportamiento humano: el modelado o parendizaje vicario, es decir, que se copian aquellas conductas que se ven premiadas en otros.

Los americanos, mucho más pragmáticos que nosotros, aprovecharon lo aprendido con los experimentos citados y lo utilizaron en la década de los 80 para acabar con la inseguridad y la delincuencia de la que era objeto el Metro de NY. Para ello comenzaron combatiendo las acciones que suponían pequeñas violaciones de la ley (graffitis, ebriedad, impago del billete, suciedad...), es decir, "repararon las ventanas" y con ello dieron el mensaje de "tolerancia cero". Hoy en día el metro de NY es una zona segura. No se trata de convertirse en una sociedad judicializada, de "un gran hermano" o de coartar las libertades sociales; simplemente significa hacer cumplir las leyes. Si no, ¿para qué las creamos? Una ley que no se hace cumplir, es contraproducente ya que da la sensación de que las demás también pueden transgredirse.

Es cuestión de huir de demagogias, de no tener miedo de perder la imagen de benevolente, de compadreo y hacer aquello para lo que le pagan a cada uno: su responsabilidad que, al final, es lo que demanda la sociedad.

El sistema debe experimentar un cambio radical. Pero ello no sucederá por inercia, no podemos sentarnos a la puerta en espera de que ocurra, porque el sistema somos nosotros. No un peligroso "nosotros" anónimo, de masa, que acaba amparándose en ese anonimato para realizar actos de los que creen no son capaces, sino una suma de "yo" responsables y lógicos. Es necesario tomar medidas para establecer (que no reestablecer) un sistema de valores, sin que por ello se tache con adjetivos caducos. Los valores son la base de la norma social y los valores se aprenden e interiorizan (nos autorrefuerzan) por observación de los demás (del grupo de iguales y del de referencia).

Eludiendo a John F. Kennedy es el momento de preguntarse qué podemos hacer por nuestro país ("Ask not what your country can do for you; ask what you can do for your country"), es el momento que "repudiemos" a los estafadores, malversadores, que hagamos que se avergüencen de hacerlo y aplaudamos a aquellos que han sabido mostrar y mantenerse con una conducta de honradez y trabajo.

Es hora de volver a introducir la cultura del esfuerzo en una democracia que nunca debe perderse, en esa democracia que las figuras de la transición supieron ganar.

Algunos de los valores que más necesita esta sociedad se encuentran bajo un concepto indispensable, el de inteligencia moral que engloba la integridad, la responsabilidad, el interés por los demás y la tolerancia. El gobernante, el alto cargo, el ejecutivo que hace suyos estos valores actuará de forma intachable. Podrá equivocarse, pero no lo hará porque haya buscado su beneficio, sino el de los demás.

Esta organización que llamamos país (algunos nación, otros patria) precisa de técnicos con inteligencia moral, es decir, personas que sepan, quieran y puedan dar soluciones libres de réditos políticos y aceptadas por la procedencia más que por la eficacia.

Publicado en http://www.luzdemelilla.es/index.php/semanario-la-luz/opinion-luz-de-melilla/item/1749-juan-manuel-cventanas